SOBRE EL ORIGEN DE LOS "DUELOS Y QUEBRANTOS", TÓXICA GASTRONOMÍA -SIN DUDA- A LOS SAGACES OJOS DE LA OMS. En un ejercicio irresponsable y desvergonzado de mi libertad de pensamiento, he decidido entrar a rebufo de la moda recientemente instaurada por mi paisano A. Trapiello de interpretar el lenguaje cervantino presente en la celebérrima y ecuménica novela caballeresca de Don Quijote de La Mancha. En mi engreída e imprudente osadía he tratado de argumentar sobre el posible origen de un contundente plato tan quijotesco como lo es el de los "duelos y quebrantos", el cual en dos ocasiones me decidí a comer, primero en el Parador de Sigüenza, donde al trasluz de las troneras mi esposa bien pudiera haber pasado por Doña Dulcinea -un decir- y, por segunda y última vez, en el Parador de Almagro.
Influido y condicionado por mi deformación profesional de psicólogo forense, barrunto que en el origen de tan rotundo manjar bien pudiese estar una tesitura tal como la que a continuación detallo. Pudo acontecer que en un ignoto pueblo de La Mancha, de cuyo nombre mejor será olvidarnos, tras padecer Alonso Quijano y su escudero Sancho una jornada aciaga en vejaciones e improperios, lluvia de gargajos, de hortalizas caducadas y otros escarnios, en este caso incruentos y sin repercusión sobre la hambruna; un compasivo posadero buscando mitigar el peso de su mala conciencia los hubiese invitado y premiado con unas vituallas compuestas de panceta y huevos fritos, de las que sólo su olor resucitaría al más agonizante de los caballeros, fuesen éstos andantes o sedentarios, y a sus respectivos escuderos, despertándose en ellos con tan tajante fritanga la lírica del vientre medio (que para despertarse la del vientre bajo aún andaban faltos de sustento), exclamando entonces Alonso Quijano:
-Alégrate conmigo, Sancho amigo -debió decirle Don Quijote a su escudero- toma plaza y demos cuenta de estas exquisitas y copiosas viandas con las que aliviar nuestros duelos y quebrantos y, aunque nos destripen el buche, que al menos nos colmen el cuerpo en su vacío, nos embriaguen las tripas y nos tonifiquen el alma. Que en este mundo sin estas vulgares glorias tornaríase nuestro espíritu gañán y bruto.
Después, presos ya de una insoportable gazuza, se abalanzaron como lobos hambrientos sobre los alimentos con generosidad donados por el piadoso mesonero, cumpliendo los famélicos huéspedes con el ritual, de modo tal que, por la voracidad dibujada en sus rostros y consumada en sus ademanes, podría parecer como si de un sueño imposible se tratase. Así debió darse nombre a tan golosa comida.
Desde luego esta interpretación carece de todo rigor, pero me gusta y por eso la escribo. Para buscar el rigor háganlo tirando de Wikipedia. Y ahora que venga la OMS a pontificarnos sobre los nocivos efectos de este venenoso sustento, con argumentos científicos de rango porcentual (de la verdad, sólo una parte), dejando de lado posibles variables extrañas que puedan contaminar el resultado final, por si acaso arruinan la conveniencia. A ello y que lo hagan en una investigación de campo, esto es poniéndose al análisis frente a un plato con tan ponzoñoso contenido en -por ejemplo- Puerto Lápice. Tal vez les ayude a lograr en su salud una calidad "extremadamente buena", tal como hace escasos meses (septiembre de 2015) este mismo organismo calificó (en expresión por cierto nada científica) la salud de los españoles. ¿Habrá tenido algo que ver la dieta o la racionalidad o ambas cosas al tiempo?.
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