Campana bajo campana

Por Pedro Trapiello


Tengo una buena historia (real) sobre campanas. Fue el gesto de una paisana cabal que ha dejado a todos los que viven en esta ciudad un pedazo de su herencia, un gozo sonoro.

La campanas y los campanarios de cualquier iglesia, catedral o ermita me tentaron siempre de una forma irresistible. Me provocan. Viendo unas, hago lo que puedo por subir a la torre, asomarme al vacío, ver lo que nunca se ve, vencer el vértigo, estar más alto que las golondrinas y torcerles los huevos a las palomas. Me gusta el crujido de escalones y ese riesgo de vencer la escalabradura cierta que te aguarda en tantas iglesias descuidadas o podridas de muro, desvencijadas de sillares y con escaleras muertas. En un campanario uno se siente de otro mundo, ajeno al hormiguero afanado y muy por encima del valle de lágrimas y trampas que pasa por debajo. Se vuela. Tampoco se supera allí la tentación de hacer sonar el bronce y pruebas acercando suavemente el badajo y resulta que no calculas la fuerza y retumba un "tan" de tal manera que te asustas y te agazapas en el suelo de tablón para que no te vean. Los iniciados aprecian el timbre haciéndolas sonar delicadamente con las llaves del coche para evitar mosqueos de sacristán y suena la cosa a pellizco de violín si está bien fundido el metal, aunque afónicas y a bronce roto suenan muchas de las campanas que andan por ahí huérfanas en su espadaña y esparcidas por este abandono rural nuestro (suenan siempre que hubiere quien las tocare, que lo propio es ahora su silencio, su boca cerrada y su velo de herrumbre y cardenillo). Sólo el viento, si es ventarrón y aventa polvo y arenilla, las hace silbar a veces, pero este quejido sólo lo oyen los que arriman mucho la oreja y para eso hay que estar en el campanario y en las nubes que, cuando son de granizo tienen pánico a ciertas campanas menudas y sonoras porque badajeadas por un experto en tocar el "tentenube", deshacen sus perdigones de hielo. Y a todo esto, ni siquiera he empezado a relatarles la entrañable historia de esa buena señora y sus campanas, de manera que pido sinceras disculpas y ruego a ustedes que sigan leyendo por ver si soy capaz de contarlo de una vez.

Ay, Campanera

Hay unas campanas en esta ciudad (no revelaré la iglesia por discreción y respeto a la memoria de la difunta) que han de sonar todos los días a las doce de la mañana porque así está escrito en las mandas testamentarias de una bendita señora algo poeta de olfato y muy sentimental de entretelas. Dejó pagada a su parroquia una cantidad para sufragar no las misas que se dicen habitualmente por los difuntos, sino para que todos los días, hasta no sé qué fecha, suenen las campanas de esa iglesiona al subir el sol al mediodía y así ilustren el aire con el quejido del bronce y haya fiesta de campanil en todo el barrio. Raro testamento, sí señor, rara poesía.

A esa buena señora no es que le sobraran las misas que pudieran aplicarle a la salvación de su alma, pero prefirió que cada día suenen unos campanazos de hola y alegría que a la inmensa mayoría pasaran desapercibidos, carentes del especial sentido que tienen, porque estarnos sonados de otras cosas, pero seguro que un buen montón de gente sabe leer y descifrar ese tañido y entonces se acuerde de la buena paisana que nos dejó dejando pagado el toque. Quiso que nuestras mañanas no fueran mudas de buen timbre ni tan ruidosas de prisas y chirridos. Quiso que cada mediodía tuviera unos instantes de fiesta campanera, unos buenos campanazos que, si te sabes colar en ellos, se convierten en peldaños para escalar a las nubes un rato, cosa que es recomendable hacer varias veces al día por razones de salud y preventivas, porque allí se respira mejor y porque desde el algodón grueso de una nube no se ve suelo ni barro.

Así pues, hay que animar a que haya herencias campaneras y nuevas mandas para que algún día vuelvan a sonar tantos tañidos muertos, las campanas de las viejas estaciones de tren, el campanil de convento despoblado de mocedad y novicias, el gran esquilón de la ermita del puerto en días de esa espesa niebla que confunde a gentes y ganados, las campanillas de mula enjaezada o de monaguillo, la campana concejil a rebato y arrebatada, la bóveda sonora y catedralicia de la campana que dicen "Froilana"... y que alguien le coloque un cascabel al gato para que el concierto sea total y podamos los ratones vivir la paz del queso.